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Aventuras en la Marca del Este: personalidades no humanas en el lejano Visirtán

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A lo largo de los últimos años hemos creado trasfondo sobre el exótico y remoto reino de Visirtán, uno de los países humanos del escenario de campaña de Aventuras en la Marca del Este, de tintes cercanos a las historias árabes de Las Mil y una Noches, como ya lo fuera el Al Qadim de Reinos Olvidados. Como ya se planteaba en Al Qadim, proponemos un Visirtán en el que no existen conflictos raciales, y donde enanos, elfos, inclusos orcos o trasgos, conviven en armonía bajo una misma cultura y una misma religión. Dentro de ese califato integrador, éstos serían algunos de sus más ilustres habitantes no humanos.

 

Os he hablado de Visirtán. Un lugar evitado, considerado yermo y hostil por los habitantes de las tierras lluviosas. ¿Hay mayor ceguera en el mundo, os pregunto? En los páramos pedregosos y en los océanos de dunas, la vida se esconde pero prospera. Los sabios y los que saben escuchar -¿no son acaso lo mismo?- atienden las lecciones de los ancianos y de la naturaleza, que les muestran con señales sutiles cómo rastrear oasis o encontrar palmeras con cuyos dátiles saciar al más hambriento. Clanes nómadas recorren los desiertos de los que brotan luminosas ciudades, y el árido viento del Este arrastra las risas y las canciones de sus habitantes.

En este lugar la belleza se hace magia, y las fronteras invisibles de luz y arena parecen trasladarte a otro lugar, a un escenario alejado del espacio y del tiempo y de las vilezas humanas. Cuando Valión escribió la poesía del mundo, dedicó los versos más hermosos a nuestra tierra. En la gran sinfonía del universo, los acordes más finos y las más bellas sinfonías se llaman Visirtán.

Pon un pie en mi país y creerás haber viajado a otro mundo. ¿Y sabes? Posiblemente, muy posiblemente, lo hayas hecho.

Quizá te cueste creerlo, pero los humanos no son los únicos habitantes de esta región, ni los socarrones Djinn, cuya auténtica naturaleza y motivaciones aún somos incapaces de comprender, ni los hombres coyote de los amplios desiertos, entregados a la veneración de falsos dioses, pero sosegados y acogedores. Miembros de razas que vincularías a otros países han llegado a Visirtán. La mayoría lo hicieron de paso, y regresaron a sus tierras sin aprender nuestra lengua ni entender nuestras costumbres. No son pocos los que murieron bajo nuestro sol, sedientos y desorientados, o bajo el aguijón de un gigantesco escorpión de las arenas, o emboscados por los Nasnas, medio hombres pero aún así peligrosos, o atravesados en duelo por una cimitarra de acero de Palmira.

Unos pocos se quedaron, enamorados de un país que parece residir en los sueños y los cuentos de su infancia.

Visirtán es acogedor. Se deja conocer, recibe con los brazos abiertos al que desee escuchar nuestras historias y compartir generosamente las suyas. Para ellos, es difícil no querer permanecer entre nosotros, gozar de la sencillez de nuestra cultura y hacerse con rapidez con la musicalidad de nuestra lengua. Se les verá adaptándose a nuestras maneras, vistiendo a nuestra usanza y orando en nuestras mezquitas, convertidos a nuestra fe y consagrados por la circuncisión.

Elfos, enanos, gnomos, medianos, incluso los comúnmente repudiados orcos y trasgos, han sido acogidos por los visirtaníes, que olvidan su pasado y les invitan a compartir su futuro.

Muchos son los nombres de esos extranjeros, o de sus descendientes, que han sabido encontrar su sitio entre nosotros. Algunos son anónimos. Otros atesoran gran renombre, y habréis sin duda oído hablar de sus hazañas con admiración, incredulidad o envidia.

Radhiya, una doncella de raza orca, comparte con los de su especie sus facciones feas y asimétricas, pero es conocida por su voz angelical y por su ingenio aún no igualado. Hombres ricos a lo largo de todo el país de las arenas están dispuestos a pagar cuadras repletas de camellos, o palacios incluso, por compartir con ella una noche en su pieza, sin pedir más contacto que el de su voz susurrante relatando fábulas oportunas e inspiradoras en un ambiente de penumbra y olor a incienso. Es sabido que una decena de ricos hombres han caído en la locura al ser su amor rechazado por la discreta Radhiya, y se han quitado la vida con su nombre como un último susurro en los labios.

Ramí es un bufón con la voz aguda y la figura contrahecha que caracterizan a los de su especie. Al servicio de un rico visir, muchos delegados extranjeros han hecho el ademán de desenfundar al ver aparecer a este chillón trasgo, de ropas coloridas y demasiado amplias, pero propios y extraños sucumben a sus chanzas y ocurrencias, y no pocos han tenido que agachar la cabeza ante las pullas atinadas del burlón Ramí. Sus hirientes comentarios sobre la estupidez, la fealdad, o incluso la fidelidad del harem de muchos próceres de Visirtán habrían sido castigadas sobradamente con látigo o verdugo, pero Ramí sabe convertir sus chanzas en delirios de loco, acompañando sus actuaciones con piruetas desacompasadas y gestos de necio. Su amo es además poderoso valedor, y levantar la mano contra el trasgo sería lo mismo que declarar la guerra a uno de los hombres más ricos del califato.

Gamal es un rico comerciante de la raza que en otras latitudes llaman Mediana. Hijo adoptado de un respetado potentado, heredó al morir este sus caravanas comerciales y las concubinas de su harem, y unas y otras aumentaron su número bajo su mano. Habilidoso gestor y duro comerciante, sus camellos desfilan en largo número trasladando mercancías valiosas entre las ciudades del califato, dando colorido al desierto. Gamal posee contactos con todas las tribus de bereberes y clanes de hombres coyote de los desiertos de Visirtán, y por medio de favores y mercancías, se ha ganado su amistad y el paso franco y protección de sus expediciones por sus territorios. Pero no es por sus red de contactos, por su riqueza, ni tan siquiera por su avaricia por lo que el pequeño Gamal, de dedos enjoyados, es conocido entre los visirtaníes. De él se dice sin mentir que es un ávido coleccionista de antigüedades y curiosidades de dentro y fuera de las fronteras de Visirtán. En su palacio hay grandes salas vetadas a las visitas dedicadas en exclusiva a la acumulación de objetos mágicos, armas consagradas, iconos bendecidos por deidades desconocidas, finas obras de orfebrería palpitantes de energía mágica… y muchos tesoros desenterrados por los vientos en nuestros desiertos más recónditos. Quizá todos esos objetos estarían mejor olvidados por el tiempo, vetados a los ojos de los hombres. Puede que la obsesión de Gamal por acaparar reliquias y baratijas linde peligrosamente con la idolatría. Pero lo que está claro es que el mediano es el mayor conocedor de artefactos arcanos del país del calor, y que es un entusiasta comprador de todo vestigio de eras pasadas que todo aventurero pueda traerle… y el reacio poseedor de algunos tesoros con los que muchos querrían hacerse.

Kamal llegó a Visirtán cuando era un ogro demasiado joven para los pecados que cargaba sobre su espalda. Entró en una mezquita con intención de hacerse con algún objeto de valor, pero entre las paredes del templo se encontró repentinamente en un hogar que no creía que pudiese existir, y experimentó un ensimismamiento místico tras el cual rogó por consejo religioso y conversión. Kamal halló inmediatamente su sitio, y se convirtió en un valioso ciudadano del califato. Desde entonces, es un reputado soldado y escolta de muchos ilustres visirtaníes y, ante todo, un devoto que todas las tardes se postra en dirección al Este para orar a su diosa bienamada y salvadora.

Los enanos también han llegado a Visirtán, pero los que presumen de conocer a los de esta orgullosa especie se sorprenderían al conocer a los que han abrazado la fe de Ishtar. Los enanos de Visirtán aman la luz y los espacios abiertos. Afeitan sus barbas y protegen sus pieles morenas con aceites y lociones. Como sus primos del norte son grandes arquitectos, pero sus obras magistrales son blancas, abiertas y luminosas. Muchos enanos de Visirtán prefieren otras ciencias y son conocidos como valorados geómetras, grandes astrónomos y cartógrafos disputados. Es común que sean coquetos y luzcan finos ropajes con filigranas doradas relatando sus pasajes favoritos de la Palabra dictada. No son pocos los que repudian las armas y algunos reclaman a artesanos zapateros calzados con alzas discretamente disimuladas. Pero todos, sin distinción, rechazan o minusvaloran su parentesco con Thordis y se presentan -y de ninguna otra manera podemos considerarlos-, simplemente como ciudadanos de las arenas, devotos de la Auténtica Fe y, como todos en Visirtán, hijos predilectos de la bella Diosa Astro.

Sin duda conoceréis a Uthal, un enano joven para los de su sangre, pero que ya se ha ganado el título de mejor desarrollador de mapas del califato. No os mienten los que os dicen que conoce cada rincón, cada fosa, cada agujero en la arena y cada montículo del país, y en los mapas que salen de su estudio se reflejan esos detalles con precisión inaudita. Uthal ha desarrollado lo mejor de la matemática visirtani, y recibe frente a las fuentes de su palacio a eruditos de otras latitudes, con los que comparte experiencias y conocimientos. Se dice que el enano conoce secretos vetados, y en claves ocultas en sus mapas se esconden referencias a accesos a ciudades subterráneas o templos milenarios derrotados por el tiempo.

Extraña es la amistad que Uthal guarda con Mahsati, una hija del desierto de sangre elfa. Mahsati no ha conocido los refinados palacios viventes de Florisel ni las cataratas de Bosque Viejo. Nació en medio de una tormenta de arena y su madre la amamantó subida a un dromedario. Su alma bereber le hace comprender que la arena de las incontables dunas son los restos de los que amaron nuestra patria y sus rojos atardeceres, y como todos los que la precedieron en su tribu, abandona los cuerpos de sus muertos sin embalsamamiento ni mortaja, para devolverle al desierto lo que es suyo. Pero han sido muchos ya los muertos en la vida de Mahsati. Como todos los de su sangre, sufre de la maldición de la longevidad. Ha visto morir por la vejez a sus amantes, e incluso a sus hijos mestizos. Sufre la melancolía de quien sabe que sobrevivirá a sus amores, y ha grabado en su piel, con finos tatuajes de brillo verde, el nombre de todos los que ha dejado atrás. En la última década, Mahsati, exploradora y sacerdotisa, recorre en solitario los desiertos de Eretria, unos dicen que para dejar su dolor atrás, otros, que para desentrañar la auténtica verdad del universo, que Ishtar escondió a vista de todos en el mar de arena. En sus viajes conoció a Uthal, vanidoso en la superficie, erudito en realidad. Las conversaciones entre ambos fueron provechosas y se confiaron sus estudios sobre el oscuro futuro, la inevitabilidad del destino y el movimiento circular de los astros del cielo, fiel reflejo de lo que ocurre en la tierra. Algunos dicen que Mahsati y Uthal han sabido traducir la escritura de las estrellas, y que ellos fueron los primeros en anticipar los oscuros años que están por venir.

¿Ha de extrañarnos que miembros de la raza elfa y enana hayan alcanzado tan insólitas conclusiones? La especie de uno desarrollo el idioma con el que se comunican los dioses, más magia que lenguaje en realidad. La estirpe del otro ideó una lengua cuyas frases son intrincadas ecuaciones que atesoran todo el conocimiento existente sobre la piedra y el metal. Si realmente hay un texto escrito en el tapiz del firmamento, ¿quién mejor que un enano y un elfo favorecidos por la Buena Diosa para descifrarlo?

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