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El juego de rol del Capitán Alatriste: La Fiesta de los Toros en la Salamanca del sigloXVII

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 La España del siglo XVII también se divierte, y no se puede entender esta diversión sin la fiesta de los toros. También en Salamanca, a la que hemos dedicado anteriores entradas como ambientación para el jdr del Capitán Alatriste, se torea, y como todo en la ciudad, todo se relaciona con la Universidad. Veamos cómo se celebraba la fiesta taurina en esta ciudad universitaria.

La fiesta de toros  goza de una gran popularidad en la ciudad, si bien sufre del rechazo de la Iglesia, que la considera un negocio profano que distrae al alma. Fue incluso en Salamanca donde el obispo  don Jerónimo Manrique Aguayo, reconocido detractor de la fiesta taurina, se mostró escandalizado a mediados del pasado siglo XVI de que “algunos lectores de esta Universidad de Salamanca enseñan y afirman que las dichas personas eclesiásticas pueden ver dichos espectáculos y agitación de toros sin pecado“.

Luchaba contra molinos don Jerónimo, pues, curiosamente, aunque la organización eclesiástica se opone a esta fiesta y se perora desde el púlpito apelando a la moral, a la contención e incluso a la seguridad del noble que a caballo arriesga su vida, los devotos de la fe lo son igualmente del toro bravo, e incluso se puede distinguir a beatos y consagrados en los mejores sitios para presenciar el espectáculo, ya venga el Papa y diga lo que diga. Que ya lo hizo, con misiva que llevó el felizmente olvidado obispo a la universidad, para ninguneo y chanza del Rector. Que para algunas cosas, prefiere el español la Excomunión y la condena eterna a que le arrebaten sus fiestas. Curiosa es, sin duda, la mente del español. 

Y tampoco parece importar a los hidalgos, subidos a sus mejores monturas y recibiendo los vítores de sus conciudadanos, exponerse al peligro de una muerte sin confesión, así que cada uno a lo suyo; el cura a su sotana y el español, a la Plaza.

 

Entre San Juan de Junio y Todos los Santos se pueden ver fiestas de toros en Salamanca en algunas de las principales celebraciones religiosas, patrocinadas por las cofradías y, muy destacadamente en la universitaria ciudad, en la concesión de Doctorados. En esos momentos relevantes en la vida estudiantil, la Universidad paga al Ayuntamiento para que cierre la plaza de San Martin -anexa a la Casa Consistorial- con vallas y carruajes, disponga bancos y butacas y se contrate un número no menor a cinco toros, para regocijo del pueblo, por lo general poco interesado en el mundo académico. Los salmantinos se disponen, los vendedores ambulantes ofrecen sus viandas, los toros salen, los jinetes preparan sus lanzas y la fiesta está servida. Podemos hablar de una duración de varias horas, con descansos para comer, si se habla de corridas con hasta veinte toros sobre la arena. Queden luego los despojos del toro para su despiece y reparto entre los trabajadores que han ayudado a preparar la plaza y las autoridades. Y todos contentos, a menos, claro, que un mal tropiezo del caballo, una cobardía del jinete o una maldita mala suerte dé con el asta en hombre o montura y se presencie un espectáculo de muerte y agonía distinto al que el espectador espera. Que todo puede pasar y, de hecho, pasa.

 

Es la fiesta de los toros una fiesta del caballo, con un toreo ecuestre en el que el jinete provoca al toro y le clava sea su rejón, sea su lanza, ante el jolgorio del público y celebración de su habilidad y valentía. Si no es capaz el lidiador de acabar con el toro, su cuadrilla, armada y a pie, se encarga de finar al animal. Poco se ha visto de toreros a pie, que con grandes capas se plantan ante el bravo y le incitan, ofreciendo tela y apartando el cuerpo ante el pitón.

El toreo ha sido -y sigue siendo- entretenimiento, festejo, arte y batalla y no habrá fiesta de toros en Salamanca que no atraiga desde el más noble al más humilde en esta celebración de la fuerza del animal y el valor del hombre.

 

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