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Mis villanos favoritos: Ángeles y Demonios

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Cuando hablo de que Ángeles y Demonios tiene uno de mis villanos favoritos me refiero a la película de Ron Howard, no al libro de Dan Brown. ¿Por qué esta aclaración? En mi opinión Ángeles y Demonios es uno de esos raros casos en que la película es mucho más interesante que la novela de la que surge. Como El club de la lucha, para que me entendáis.

Como veis, en mi infinita prudencia, no especifico en el título de la entrada quién es el malo de la película, pues esta es una de esas en la que el culpable, sorprenda más o menos, no se desvela hasta el final.

De este modo estaré mareando la perdiz un par de párrafos más para que quien no quiera deje de leer y así no le reviento la película, que ciertamente es un buen producto y uno de los thrillers más entretenidos que he visto en los últimos años.

Lo que más me sorprende después de ver la película y leer la novela (en este orden) es la estupenda labor de guión, en el sentido de que el libro, teniendo muchos aciertos y buenas intuiciones, es un tostón insoportable. No me malinterpretéis, Dan Brown, sin ser un gran escritor, me parece que tiene un gran ojo a la hora de elegir los temas de sus novelas, hilvana de una forma laboriosa elementos reales y ficticios y consigue al tiempo ser ameno y verosímil. Los que le achacan inconsistencias históricas en sus tramas deberían recordar que lo que este buen señor escribe es ficción, no ensayo. Todo lo demás es marketing.

Sí que me parece que algunas partes de sus historias son algo desatinadas, exageradas o incluso mentirosas, y que esas partes, en Ángeles y Demonios, están bien limadas, corregidas o simplemente apartadas. Cuando en otras adaptaciones de novelas la labor del guionista es simplemente sintetizar, con Dan Brown se impone una labor de pulido, que en este caso se lleva a cabo eficazmente.

 Y el que siga aquí ya sabe a lo que se atiene. Vamos a pasar al análisis del malo de la película. Vamos a analizar al personaje interpretado por Ewan McGregor, el Camarlengo.

Tradicionalmente, el Camarlengo es el miembro del clero, funcionario de la SantaSede, que, en el momento de la muerte del Papa, verifica su fallecimiento (la tradición exige que le llame tres veces por su nombre de pila), destruye los sellos papales y clausura la habitación del Sumo Pontífice. Hasta que el Colegio Cardenalicio elige un nuevo Santo Padre, el Camarlengo es el Papa en funciones y, si bien no tiene autoridad teológica o moral sobre los fieles, sí se encarga de que el Vaticano y la institución católica en general se mantenga activa y en buen funcionamiento.

En Ángeles y Demonios, Ewan McGregor interpreta al Camarlengo Patrick McKenna (Carlo Ventresca en la novela). Aunque la moderna normativa ordena que el Camarlengo sea cardenal, en la película McKenna es un simple sacerdote y el ayudante de cámara del antiguo Papa.

De la boca del propio personaje conocemos que, además de ser su asistente, él era el hijo adoptivo del antiguo Santo Padre. Cuando sólo tenía 9 años, unos disturbios en el Ulster por la visita de un Arzobispo acabaron con la muerte de los padres del niño. El clérigo, sintiéndose responsable, adoptó al pequeño y se convirtió en su padre y mentor.  

A la muerte del Papa, McKenna lo sustituye temporalmente como Papa en funciones, y se convierte en el enlace y aliado del protagonista, Robert Langdom, para hacer a los supuestos villanos, los Illuminati, unos tecnócratas violentos que quieren acabar con el Vaticano secuestrando a los cardenales más valorados para sustituir al Papa, y poniendo en un lugar del pequeño estado una potente bomba de antimateria.

El Camarlengo, un hombre joven y progresista, ha de abrirse paso entre las caducas tradiciones de la Iglesia, anquilosada e inflexible, para evitar una catástrofe. Sus aportaciones a la investigación son inteligentes y sus motivaciones, honestas. Se atreve a quebrantar la sacralidad del Cónclave, incluso a profanar la tumba de su querido padre para comprobar que fue realmente asesinado. Rodeado de gente fanática, él es nuestro referente, más humano y cercano que los demás clérigos, y más comprensivo que cualquier miembro de la oscura Guardia Suiza. Cuando “finalmente” se convierte en objetivo de los Illuminati, acepta su destino con una resignación cristiana indistinguible de la valentía.

Su ayuda, una vez rescatado y muertos sus asaltantes, es vital para encontrar la bomba. Cuando se descubre que es imposible evitar que estalle, sube en solitario a un Helicóptero (llama por su nombre al piloto, al que ni siquiera vemos, pequeño detalle que acentúa su humanidad y su cercanía con la gente) y asciende para evitar que la bomba estalle en la ciudad. Aunque se lanza en paracaídas, su aterrizaje es aparatoso y los fieles detienen su caída cuando ya está inconsciente. Los devotos, allí reunidos para despedirse del Papa y aguardar la FumataBlanca, reconocen lo que han hecho, le veneran como a un héroe y cantan salmos de esperanza. En el Cónclave, informados de lo que ha ocurrido, se decide nombrarlo Papa por aclamación.

 Hasta que descubrimos la verdad.

 Todo era un plan que el Camarlengo había urdido. Los Illuminati no existen, son un enemigo a su medida, unos científicos intransigentes que acosan a una Iglesia entregada a sus creyentes.

Con un plan digno del propio Palpatine, el Camarlengo crea un peligro, finge un ataque a su institución para unir al Catolicismo y reforzarlo bajo su mando. La ciencia se ha hecho demasiado ambiciosa, pretende acabar con todo lo trascendente, con todo lo moral y lo espiritual. Su padre, el mismo que le había enseñado a defender el Catolicismo sobre todas las cosas, fue débil y no lo entendió, y le obligó a responder de una forma tan dolorosa y expeditiva.

Los personajes, como el jefe de la guardia suiza, o el padre Simeon, de los que habíamos aprendido a recelar, y que simplemente son leales católicos, ni comprenden ni toleran este engaño ala Cristiandady esta traición a su Iglesia. 

El Camarlengo es un personaje sólido, al que apreciamos en un primer momento, con el que empatizamos por su vida, sus sentimientos y su devoción. Es un Católico, convencido de que la religión engrandece al hombre, le da la ética y la guía que necesita en su vida. Su motivación es justa, incluso al final comprendemos que nunca nos ha mentido en su lucha por el Catolicismo; es fácil engañar al espectador con un personaje que miente, pero no es el caso del Camarlengo. No es un Illuminato, nos ha dicho la verdad al contarnos sus motivos y deseos (con los que muchos podemos estar de acuerdo), “simplemente” ha omitido los medios que estaba utilizando en su lucha.

Por grande que sea su maldad, lo motivan nobles deseos. El aprecio que sentimos por él nos impulsa a desear que no sea el villano. Hábilmente el Camarlengo ha sido humanizado, contando su historia emotiva y cercana. Incluso cuando su plan es desvelado y todo el colegio cardenalicio le acusa sin decir una sola palabra, su intento de huída se convierte en una emotiva persecución en la que inútilmente, herido y derrotado, busca huir en la basílica del Vaticano, acosado por una guardia suiza que le sigue decidida, pero lenta, aún respetuosa, hasta que rodeado de todos por lo que ha luchado, pero completamente solo, se suicida prendiéndose fuego entre oraciones.

Está conseguido también el cambio de actitud que tenemos hacia los sospechosos. Hemos recelado de cardenales, sacerdotes y agentes de seguridad. Les hemos visto como estrechos de miras y fanáticos. Al final de la película nos reconciliamos con ellos, comprendemos que su “fanatismo” es honesta devoción. “La religión es imperfecta porque el hombre es imperfecto”. Cuando se despiden, no buscan convertir, pero sí ser comprendidos. Los rituales se convierten así en señal identitaria, referente para los fieles y Langdon, ateo (como en este caso el espectador que os habla), los acepta y respeta como persona, no sólo como erudito.

Los illuminati no son los malos, pero tampoco lo es la iglesia, lo que ayuda a hermanar en la pantalla a la ciencia y a la religión, dos maneras, ambas imprecisas, de entender el Universo que nos rodea

Diferencias de la novela con el de la película de Ángeles y Demonios

Son muchos los aciertos de la película al reflejar al Camarlengo. En primer lugar, se ha elegido para interpretarlo un actor querido y carismático, en el que estamos acostumbrados a confiar.

Ron Howard, hábil artesano, alcanza el logro de hacernos creer que la película ha terminado cuando aún le queda su auténtico desenlace. Creemos que ya sabemos quiénes son los Illuminati, quela Cristiandadse ha salvado y ha salido reforzada, pero entonces Langdom descubre la verdad y el auténtico malvado es desvelado. El director había dejado a nuestro paso una serie de inconsistencias que señalaban que algo faltaba por descubrir, pero no nos había dado tiempo para pensar en ello.

Uno de los puntos más rocambolescos de la vida del Camarlengo es eliminada en la película. Como dijimos, el Camarlengo era el hijo adoptivo del Papa. En el libro descubrimos que, además, es su hijo biológico, nacido de la inseminación artificial que le hizo a una antigua monja ansiosa de ser madre. Este tipo de cosas sólo quedan bien en las películas de Almodóvar, por lo que, por fortuna, no se tuvo en cuenta en la elaboración del guión.

El Camarlengo persigue, en toda la novela, recuperar los milagros que ya son remotos en el cristianismo. Se dibuja de una forma más perfecta, más mística, más alejada del simple cristiano. Esa parte se elimina de la película.

El discurso que Ewan McGregor interpreta en el Cónclave es sentido por el espectador, ya sea creyente o agnóstico. La interpretación del actor ayuda bastante, pero en la novela las palabras son otras y sus argumentos son bastante más sensibleros y poco convincentes.

Mientras que en la novela cuentan que el Camarlengo, cuando era joven, fue al ejército para conocer lo pérfido de las armas, en la película lo humanizan, explicando que, aunque ansiaba ser sacerdote cuanto antes, también era joven, impulsivo y patriota, por lo que fue al ejército y se hizo piloto de helicóptero, ayudando en misiones de evacuación de heridos y refugiados.

Es el Camarlengo la persona que ayuda a descubrir que la bomba se encuentra en el interior del mausoleo de San Pedro a través de las interpretaciones que hace Robert Langdom del último símbolo. En la novela, el descubrimiento pretende ser “por inspiración divina”. Su salto desde el helicóptero no es visto como tal en la novela, simplemente aparece sobre la basílica, lo que es considerado por todos como un milagro. Por el contrario, el camarlengo de la película se convierte en un héroe, no en un santo.

Los cambios con respecto al original no se quedan en el personaje del Camarlengo.

Del mismo modo, Robert Langdom no es el tipo insoportable sobrado de sí mismo que es en las novelas. Es Tom Hanks, con un exceso de Just for Men, sí, pero Tom Hanks, y nos simpatiza. En la saga de Dan Brown, Langdon lo sabe todo, no se equivoca nunca y el resto de los mortales somos unos palurdos que no sabemos nada (¡por favor!) de simbología hitita. En la novela Ángeles y Demonios la cosa no acaba allí. Robert Langdon sube al helicóptero con el Camarlengo, y al ver que éste se tira en paracaídas todos creemos que va a morir, ¡pero no! El erudito americano improvisa un paracaídas con el parabrisas de plástico del helicóptero, cae al río, ¡y sobrevive!

Nos libra también Ron Howard de una ridícula historia de amor entre la científica y Langdon. Curiosamente, en la novela la científica Vittoria Vetra  es hija adoptiva del sacerdote científico asesinado. Los guionistas entendieron que tener ya a un niño adoptado por un cura era suficiente y que ese vínculo no aportaba nada. Chirría también en la novela como Vittoria, un día después de que a su padre lo asesinen cruelmente y le saquen un ojo para abrirse paso por lectores de retina, tiene cuerpo para meterse en la cama con un tío al que acaba de conocer. Pero, claro, estamos hablando de Robert Langdon, ¿crees acaso que tú podrías resistirte?

Ángeles y Demonios es una película de Ron Howard, con guión de David Koepp y Akiva Goldsman, estrenada en 2009.

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