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Juego de rol del Capitán Alatriste. Salmántica 1621: sobre diezmos y religiosos

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Continuamos, a nuestro ritmo, con el entorno de campaña para el juego de rol de El Capitán Alatriste, ambientado en la universitaria ciudad de Salamanca. Hemos hablado de cómo era la ciudad, de sus gentes y sus divertimentos. Hoy os hablaremos de sus religiosos. Como nuevo en esto de hacer un escenario de campaña os pregunto, y agradecería vuestros comentarios, ¿qué detalles a la hora de describir una ciudad os resultaran más valiosos como jugadores?

A la espera de vuestros consejos, sepamos algo más de Salamanca y sus hombres de fe.

La Religión en Salamanca

Salamanca es una ciudad católica, como lo es nuestro siglo y nuestra patria. Los sacerdotes encargados de las múltiples iglesias de la ciudad, los monjes y monjas en clausura y los estudiantes tonsurados hacen que más de uno de cada diez salmantinos sean clérigos de un tipo u otro. Únicamente en los 40 conventos y monasterios, entre monjes, monjas, criados y sirvientes nos encontramos a más de 1500 personas. Conventos como el de la Orden de Santiago, que acoge a más de cuarenta religiosas de buena familia y posición, o el de Santa Clara, que no le va a la saga en juramentadas de calidad. Los Conventos de Santa Ana, de San Pedro de la Paz, el de las Franciscas o el de las Agustinas recoletas son otros sagrados lugares donde se recogen las favoritas de Cristo para sus rezos y contemplaciones, y que ningún estudiante bribón se aproxime a sus muros con canciones y promesas para las novicias que aún no han afianzado sus creencias, pues no se cuenta la historia de uno ni de dos que han sido apresados cuando huían con una sierva de Dios con intenciones de ofensa a Dios y ultraje a la virtud.

Más de un millar son los monjes de distintas órdenes, como los de las numerosas Compañía de Jesús y San Francisco el Grande, que superan el centenar de tonsurados, pero también pequeños monasterios como el de la Vega o el de San Antonio Abad, que no llegan a la decena de monjes, muchos de ellos ancianos en un recinto que padece las penurias de los cepillos vacios.

Todo este grupo de oradores no productivos es, no obstante, uno de los colectivos más poderosos de la ciudad, y la Iglesia no sólo posee gran cantidad de tierras, propiedades y edificios conseguidas con donativos y herencia, sino que recibe gran cantidad de ingresos que la hacen no ya mantenerse, sino prosperar.

Existe, para garantizar ese flujo de maravedís, amenaza de excomunión al salmantino que no aporte su diezmo y al sacerdote que, en secreto de confesión, absolviese del fraude. Esta recaudación exige un grupo de trabajadores, los “Cilleros”, que recorren los pueblos de la región para reclamar lo que, por ley y razón, pertenece a la Iglesia -¡ya pedirán clemencia al Altísimo cuando San Pedro les niegue paso! ¿Quién puede reclamar la Gloria de Cristo cuando no ha sabido apoyar y mantener su Iglesia?

Como no por ello se deja de ser humano, son habituales los fraudes de los cilleros, e incluso de los clérigos, que arriendan tierras que pertenecen a la iglesia para su propio beneficio. Consciente de ello, el Obispo trabaja duro y toma medidas para evitar estas estafas y siseos.

El procedimiento de recaudación es práctico y sencillo: al toque de una campana y con la presencia de dos testigos, el diezmero se presenta en la era y calcula el total de la cosecha. Del total a medir no se descuenta ningún gasto, ya sea material o de contrata de los jornaleros (que, a su vez, deben pagar su propia décima parte, por la Gloria de Dios). Tras hacer el cálculo, se marca el pago y se pone la fecha de pago, normalmente hasta la festividad de Santa María a mediados de Agosto, o hasta la de San Miguel, a finales de Septiembre. Tras ello, el Cillero bendice dibujando una cruz con sus dedos, recita desganada y quedamente una oración, recoge bártulos y al siguiente.

Los diezmos se guardan en almacenes especiales, Diezmerías, ubicadas en sus Iglesias principales, desde las que se gestionan esos recursos. Con este pago el Obispado mantiene su infraestructura, a sus miembros y garantiza su influencia. Se han intentado -y en ocasiones conseguido- robos y pillajes a estas Diezmerías. Muchas veces se ha detenido a sus culpables, pero pocas se recupera lo robado. Tal vez sea -Dios me perdone por el mal pensamiento- porque los auténticos ladrones vienen de muros adentro y se señala al más pobre, al más tonto o al más converso para encontrar un chivo expiatorio que a todos convenga mientras se disfruta de lo hurtado. ¡Débil es el alma humana, si la cercanía al oro la reblandece!

El diezmo se divide a su vez en tres partes. Una de ellas se destina al obispo, otra, a los párrocos locales y la tercera, a la fabricación y conservación de los templos y obras de arte. Ya desde el siglo XIII, los monarcas castellanos vienen disfrutando del privilegio de reservarse dos novenas partes del total del diezmo, como garantes de la defensa contra el infiel, de mantenimiento de la fe y de, en el momento oportuno, reconquista de los Santos Lugares. Los Obispos aceptan reguñendo ante esto, pero la Corona es la Corona y los Austrias no son amigos de tonterías, así que todos aceptan su parte del pastel, dejando con su habituales y milenarios hambre y desencanto al buen campesino español. Amén.

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