ishtar

El Lustro de las Ventiscas, parte II

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(La primera parte, AQUÍ)

Mi nombre es Hammed ibn Libby. Es posible que hayan oído hablar de mí. He recibido la maldición de la inquietud y bendición de la fortuna, con lo que, a muy temprana edad, abandoné mi Visirtán natal y querido, y me lancé a la aventura por todas las tierras conocidas, y aún otras que yo fui el primer hombre en pisar. Me introduje en las Catacumbas del Dios Gusano, y arranqué de las manos aún vivas del Sumo Sacerdote de su Orden el Cáliz profanado de Nébula. Planté cara cuando tuve, y huí a toda prisa cuando pude, de la hueste-legión del Caudillo Gar´Az, y aún no sé cómo sobreviví para contarlo. Descubrí la guarida de un dragón rojo y robé algunos de sus tesoros, a sabiendas de que cuando despierte de su sueño milenario y me maldiga por mi osadía yo ya llevaré décadas muerto. Salvé Olmeda, recorrí Losang, escapé de Kuruz y aún se habla de mí en Cirinea. He hecho enemigos, ganado amistades, fortalecido lealtades, amado a mujeres y ni un solo día he faltado a mi devoción, postrándome en el suelo para rezar en dirección al este. Los que dudaban de mi añoranza por mi amado país se habrán sorprendido cuando, al encanecerse mis sienes y afrontar la madurez de mi vida, dejo atrás mis riquezas, me despido de unos amigos que nunca podré olvidar y dejo a los trovadores velando por la memoria de mi leyenda. Todo a cambio de trabajar las humildes tierras de mis padres, todo a cambio de sencillas charlas con los compañeros de juego de mi infancia y de tomar un te con cada atardecer. Todo a cambio de volver a besar el suelo de finas arenas de mi adorado Visirtán.
Al atravesar la frontera de Ungoloz y pisar el desierto de Eretria, sonreí al pensar en lo ciegos que son los habitantes de los países lluviosos al no entender la belleza de las dunas, al no apreciar los miles de matices del color del desierto, y al no detenerse a escuchar la sutil sinfonía que la brisa compone acogedoramente para el viajero fatigado. Caminé durante tres jornadas, con el sólo pensamiento de decidir qué ganado comprar con las pocas monedas que había querido traer conmigo, y en qué mezquita rezaría por primera vez al llegar a Urusal-Din.
Entonces lo oí.
Era una letanía, mezclada con el silbido del viento. Me retiré la kufiyya, para comprobar si realmente era una voz que cantaba en mi idioma, o era la fantasía de un viajero con ganas de reencontrarse con un compatriota. Lo que encontré cambió mi vida de forma más dramática que todas mis aventuras anteriores, de las quizá algún día os hable, y de las que hasta entonces creía presumir.
Protegido entre las dunas, con la piel cuarteada por el viento, la sequedad y el calor, hallé a un anciano, un viejo orco en postura penitente, tal vez un sabio, tal vez un loco, posiblemente ambas cosas. Le ofrecí mi saludo y mi cantimplora. Aceptó lo primero, rechazó lo segundo y me invitó a rezar a su lado. Ganándome su favor con mi sincera fe, el eremita habló conmigo, con la misma confianza con la que minutos después le hablaría al impávido desierto. Me habló de su fervor a la Auténtica Fe de Ishtar, tan intenso que decía sentirse más deslumbrado por la pálida luz verde de la Diosa-Astro en la noche que por el brillante Sol del desierto por el día. Auguró tiempos duros para nuestro mundo y nuestra fe, quizá incluso el fin de los mismos tiempos. Intrigado, le pregunté, y él me describió un nuevo ciclo de Silas, el astro ante el que se postran los malditos, que taparía a nuestra Diosa; un extraño eclipse del que nadie creía ya que fuera un simple hecho astronómico más. Me describió –quizá la larga falta de mi país me hiciese parecer ingenuo en mi ignorancia- cómo ruinas y catacumbas surgían del desierto, devueltas a la luz por un viento nadie sabe si cómplice o traidor. Rumores deslavazados que pasaban de boca a boca y que él, desde su posición de privilegiado augur, podía comenzar a componer
Me habló, en confiados susurros, de épocas míticas en las que las razas aún no habían sido creadas, en las que el mundo ardía y en la que todo el universo se encontraba en una guerra entre las fuerzas elementales. Fue una era en la que no tenía sentido hablar de leyes morales, ni incluso naturales. Sólo había fuego, odio y devastación. En la refriega uno de estos seres cayó y su cuerpo se hundió en la tierra. Sepultado, sí, ¿pero cómo puede morir un ser más antiguo que la propia muerte?
La guerra continuó más tiempo del que la imaginación humana puede abarcar. Cuando todo acabó, cuando los que luego se llamarían Dioses ganaron, impusieron su orden en la Creación. Crearon a todas las razas para que les alabaran y, con un burdo sentido de la responsabilidad en sus mentes infinitas, se encargaron de protegerles.
Recordaron los Dioses- habló el anciano, ya quizá sin notar mi presencia- a ese ser caído en la tierra, aún vivo, aún furioso en su sueño. Espantados por su sola visión, cubrieron su cuerpo de arena fina y sagrada. Por toda la superficie del desierto que se formó, los primeros hombres consagraron templos con una grandiosidad y habilidad hoy pérdidas. Pero no fue suficiente, y los Dioses Valion y Aneirin se reunieron para buscar una solución mientras Silas se agitaba y danzaba a su alrededor, persiguiendo para la creación el Caos que Él representaba. El Matrimonio de Dioses optó finalmente por una felicísima decisión. Crearon a Ishtar, la Diosa-que-vela, y la alzaron a los cielos donde podría ser admirada y venerada, y desde donde podría proteger a las jóvenes razas. Una Diosa sólo menor en edad, atenta únicamente al bienestar de todas las especies y ajena a las conjuras, enfrentamientos y frías maquinaciones de los Dioses Primeros. Mientras los Dioses Ancentrales se miran a sí mismos, Ishtar nos mira a nosotros.
La protección de la Diosa sobre Visirtán es más que una leyenda o una devoción sin fundamento. Su mágico brillo vierte un velo de protección que excede la simple magia y que se renueva con cada atardecer, manteniendo a salvo los desiertos y ciudades del país elegido. Ese hechizo sagrado es lo que mantiene ese mal de los tiempos primeros bajo las arenas, algo que toda definición de peligro sería incapaz de abarcar, algo que permanece en un estado de semiconsciencia que, quizá en breve, llegue a su fin.
Esta información me la transmitió el ermitaño del desierto, lo bastante sabio como para entender a los espíritus de las arenas, y lo bastante loco como para atreverse a prestarles atención.
Según sus palabras- no tengo más pruebas de su certeza que el miedo en la mirada del anciano y el temblor mal disimulado en su voz- la propia Ishtar se ha manifestado de una forma física. Fue cuando nuestro anterior Califa, el siempre añorado Sulaiman ibn Yusuff, se retiró a meditar al Gran Templo de Ishtar. Cuando se disponía a postrarse ante la El-Eulidon, la Estatua de Jade que representa a la Diosa del Cielo y las Arenas había desaparecido y en su lugar, tumbada y desnuda, temblaba una joven de belleza como nunca habían visto ojos humanos. Sulaiman temió una traición y a punto estuvo de avisar a su guardia, pero la mirada suplicante de la joven le calmó. Buscando los del viejo sabio, vio unos ojos de un verde profundo, el verde que los guías del desierto y los santos imanes ven cada noche en el cielo cuando alzan la mirada en busca de guía o de iluminación. Eran, no cabía duda, los ojos de la Diosa-estrella. El buen Califa cubrió a la joven con su capa (¿aún existe esa prenda? No puedo imaginarme el alcance de los poderes de tal reliquia), y escuchó sus palabras, las mismas que el viejo orco ahora me repetía, y que sólo a vosotros he confiado.
Según lo que Ishtar pudo decir, antes de desvanecerse convertida en polvo para regresar, con todo su brillo, a la cúpula celeste, el bendito ciclo con el que su aparición protege a todos los seres en cada atardecer está a punto de verse interrumpido. Ishtar temblaba al anticipar como, en breve, perderá de vista durante un tiempo, breve y espantoso, a Sus hijos amantísimos. Silas, en su representación astral de estrella de sangre y caos, cruzará como cada cinco años el cielo de nuestro mundo, manchando con su ponzoña la pureza de las estrellas de la noche. Pero su paso, que de normal causa dolor y vacío en los corazones de los seres buenos, tendrá esta vez repercusiones terribles, pues eclipsará a la propia Ishtar. La Diosa lloró ante el querido Califa al confesarle el efecto de ese hecho atroz: El Dios Silas, con su cruel indiferencia, rasgará con su paso el velo de protección que cubre Visirtán y protege al mundo y a todos los seres.
El anciano orco no supo decirme, como no pudo la misma Diosa a nuestro amado y añorado Califa, qué espantosas repercusiones tendrá el eclipse, pero todo el que comprenda y venere la religión de Ishtar, y conozca la grandeza del desierto (sólo ahora comprendía que es cárcel y sepulcro al mismo tiempo), entenderá el alcance de lo que nos aguarda.
Me despedí con una vaga excusa que quizá el ermitaño no llegase a atender, y retomé mi camino con creciente inquietud. ¿Me vería obligado a embarcarme en otra aventura, cuando por edad y por deseo, sólo debería esperarme el descanso? Hace tiempo que perdí la juventud, y sí que es cierto que gané renombre, con lo que evité muchos enfrentamientos simplemente dirigiendo una mirada fría y la mano a la empuñadura de mi cimitarra; pero, ¿serviría eso de algo en un lugar donde hace décadas que he sido olvidado?

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Comentarios
  1. Desde el blog de Bayuca hemos pensado en Sacodedados para daros el premio Liebster. Muchas felicidades y enhorabuena por el trabajo que realizais.

    http://bayuca.hijodeblog.com/2012/05/30/premio-liebster/

    Un saludo

    ciantarab.

    • Goblin Voyeur Goblin Voyeur

      ¡Muchas gracias por la consideración y por la atención que prestáis a la página!

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