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Aventuras en la Marca del Este: El Lustro de las Ventiscas, parte III

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Esta es la tercera parte de una historia de ambientación del Califato de Visirtán para Aventuras en la Marca del Este. Podéis leer la primera parte AQUÍ y la segunda, AQUÍ.

Nunca quise que mi regreso a Visirtán fuese proclamado, o incluso conocido. El gran aventurero de los arrabales volviendo a su hogar; ¿serían verdad las historias que habían llegado a escucharse?¿dónde guardaría los tesoros que había arrebatado a reyes y monstruos? Lo que vieron la multitud que llenaba el zoco de Urusal-Din a mi llegada fue a un viajero cansado y anónimo. Por suerte, los años de aventuras me habían enseñado a ser prudente, y había aprendido que una espalda encorvada y una mirada huidiza es mejor disfraz que la mejor de las máscaras. Necesitaba comprobar cuál era el espíritu que reinaba en mi pueblo ahora que los peores tiempos se avecinaban. Sabía que una nueva etapa se había abierto en Visirtan hacía pocas estaciones. Sulaiman ibn Yusuff, el querido califa, había muerto tras un periodo largo, prospero y recordado. Cuando la noticia de su fallecimiento llegó a mi retiro en Marvalar, lloré por la pérdida y dediqué mis oraciones al descanso de su buen alma. Sulaiman era un joven califa cuando yo dejé Visirtán, pero ya entonces era amado por sus gentes, ante las que se postraba como el más humilde siervo. Nuestros hijos tenían la misma edad, en la misma estación enviudamos y ahora él moría antes de que yo pudiese volver a mi tierra y arrodillarme ante él como rey único y justo.

La muerte del querido Sulaiman sumió a su pueblo en un pesar tan hondo que sólo encontró consuelo en la coronación de Bashshar ibn Sulaiman, su hijo amantísimo. De él se esperaba un nuevo periodo de esplendor. Su padre había sido un erudito, una astuta hija del desierto su madre, capaz de encontrar un manantial en un puñado de arena.

Nunca nuestro pueblo se había engañado tanto.

Inmediatamente, me puse a indagar sobre los extraños sucesos y prodigios que, sabía, estaban ocurriendo por todo mi país de sol y dunas. Me hice pasar –sin faltar del todo a la verdad- por recién llegado tras un largo viaje, con ingenua curiosidad por saber qué había pasado por el Califato en mi ausencia. Oí mil versiones sobre la muerte del Califa y el feliz ascenso de su hijo; con una sonrisa sincera escuché historias de lo cotidiano y pude sonsacar relatos, distorsionados pero quizá veraces, sobre monstruos, asesinatos y ventiscas. Algunos añadían detalles sobre nuestra Ishtar amenazada (en otros momentos, esas palabras rozarían la herejía) y otros señalaban que académicos y imanes miraban en los últimos meses al cielo nocturno con preocupación. Como tantas veces en mi vida, jugué conel límite de la prudencia –había visto a un par de guardias escudriñando en la multitud, quizá buscando a ese extranjero que hacía demasiadas preguntas-, y conseguí el nombre de un testigo privilegiado en el que desembocaban rumores y bisbiseos, Mared, un antiguo jinete de la Taifa real. No tardé en encontrarlo, un soldado retirado con vagos rasgos élficos y con tatuajes en sus brazos y cuello que evidenciaban su ascendencia bereber. Reacio al principio, la sinceridad con la que le hablé de mis temores, un intercambio de viejas historias de veteranos y cierto resquemor hacia sus antiguos jefes soltaron su lengua y, recelosos de cada sombra en su pequeña casa de adobe, hablamos de nuestras sospechas.

Me habló de algo que ocurrió hacía pocos años, en los últimos momentos del Califa Sulaiman. Ya se hablaba de que el desierto vertía nuevos peligros y desvelaba secretos enterrados, la gente se volvía precavida y los guías de caravana, supersticiosos, dejaban sus asuntos en orden y se despedían de sus familias antes de iniciar cada viaje.

Lo que hasta entonces eran rumores, se tornó de repente un peligro inmediato y real.

Un día, un beduino llegó a la ciudad de Osman. Arrastraba los pies descalzos, de los que la arena ardiente había arrancado toda piel. De su discurso incoherente se descubrió que su tribu había desaparecido en el desierto, o, según las versiones más exactas, había sido devorada por él. Sus delirios le hablaban de monstruos brutales, puede que efímeras emanaciones del cuerpo atormentado de un titán enterrado, o tal vez razas subterráneas consagradas a su veneración.

La Taifa preferida del príncipe preparó sus armas, cargó sus camellos, alzó sus oraciones y partió a investigar. Si el joven e impulsivo príncipe no acompañó a la partida fue porque sus obligaciones religiosas y académicas se lo impidieron.

Toda la Taifa desapareció.

Oficialmente murieron; las viudas lloraron y los imanes cantaron plegarias y oraciones. Realmente, nadie encontró los restos de sus cuerpos o pertrechos, y los augures que dirigieron a ellos sus miradas percibieron imágenes de desesperación y locura, nunca de muerte.

Se comenta-me confió mi amigo- que algunos de los desaparecidos fueron vistos tiempo después, escondiéndose discretamente y negándose a responder cuando se les preguntaba o llamaba por su nombre. Algunos, eso es innegable, fueron vistos en las proximidades del palacio del príncipe.

Cercano por entonces a Palacio y a sus sirvientes, Mared supo que el Príncipe había cambiado. Indulgentemente, los leales lo atribuyeron a la preocupación por el futuro de Visirtán y a la congoja por la pérdida de sus hombres. Pero el propio Califa notó una oscuridad en su hijo, que ya no acudía a él con sus inquietudes y deseos.

Comenzaron las visitas al joven príncipe por parte de tenebrosos encapuchados, a horas intempestivas, saltándose toda norma de seguridad o protocolo. Tal vez por esos rumores que crecían, o quizá por alguna discusión con su hijo, la salud del Califa se debilitó y el hombre santo murió poco después

Al alzarse el joven Bashshar con el califato, un velo negro cubrió nuestra tierra. El palacio se cerró a cal y canto y Bashshar desechó la tradición de recibir a ciudadanos con problemas que acudían en busca, no de ayuda, sino de un sabio consejo. Las Guardias y Taifas de Palacio (mi nuevo amigo escupió al recordarlo) fueron disueltas y sus hombres, disgregados en otros cuerpos, degradados o simplemente despedidos. Extraños hombres de negras vestimentas y rostros cubiertos de grotescas máscaras les sustituyeron, y muchos sospechaban quiénes eran esos soldados en realidad. Alegándose los nuevos peligros que vomitaba el desierto, se cerraron las puertas de las ciudades y se fortificaron las murallas. Los tenebrosos guardias que las vigilan, en cambio, no dirigían sus miradas a las arenas del exterior, sino a las calles y a los personas del interior. Bashshar ibn Sulaiman se negó a escuchar los consejos y las súplicas de los consejeros de su padre, y se ha negado a recibir a líderes tribales beduinos. Hay quien dice que se prepara una ley que retirará la ciudadanía a los visirtanies nómadas, tan sabios, y ahora tan expuestos.

También (no creo que tal cosa pueda ser cierta) se ha asegurado que Bashshar atiende los consejos de las brujas de Al Moussem, heréticas brujas de párpados arrancados que nunca salen al exterior de sus guaridas de noche, para evitar la mirada –y el juicio- de la Buena Estrella.

Tras un largo silencio en el que ambos calibramos el alcance de los acontecimientos que nos aguardaban, decidimos arrodillarnos en dirección al este e iniciar nuestras oraciones ante Ishtar. Ishtar,la Diosa que vela y protege,la Diosaque guía, y que sabe mantener secretas las verdades más horrendas. Todos pueden ver su luz, pero Ishtar sólo mira a Visirtán. Somos sus hijos predilectos, aquellos por los que siente orgullo y por los que llora. Somos los que, en ésta, la Era más oscura, deberemos venerarla y protegerla.

Pensé en el eclipse inminente, y en las confabulaciones del Califa a espaldas de su pueblo. Bashshar. Yo conocía Visirtán, y cuando se habla de Visirtán, conocer y amar son una misma palabra. ¿Cómo era posible que el principal entre nosotros, nuestro rey y gobernante, considerado hasta entonces digno heredero de tan venerados padres, actuase en contra de nuestro consejo y bienestar? Y pensé en otra posibilidad, que lejos de traerme consuelo me desconcertó e inquietó aún más. ¿Y si Bashshar conocía toda la verdad, datos incluso que yo no había descubierto, y actuaba con honestas intenciones, sacrificando su religión, su alma y su cordura por el bien de un pueblo al que le convenía no saber? Las repercusiones de esto eran inabarcables. Pensé entonces en mi encuentro con el asceta del desierto que abrió mis ojos a esta era de caos y dolor y en lo que llegó a decirme sobre el joven rey, tan grande el peso sobre sus espaldas. Recordé las palabras que arrancaron lágrimas del viejo orco ermitaño, y ante las que yo también lloré. El joven Califa-dijo- había cometido la más grande de las blasfemias. Bashshar aún creía en la Diosa, pero ya no confiaba en Ella.

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Comentarios
  1. Sensacional!!!

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