Sin título

Aventuras en la Marca del Este: El Lustro de las Ventiscas, parte IV

Share on Facebook0Tweet about this on Twitter0Share on Google+0Email this to someone

Esta es la cuarta parte de El lustro de las ventiscas, una idea de crónica para Aventuras en la Marca del Este ambientada en el Califato de Visirtan, en esta ocasión contando la versión del enemigo a batir. Aquí tenéis los enlaces de la PRIMERA, SEGUNDA y TERCERA parte.

Soy Bashshar, hijo de Sulaiman y de Maryam. Mi nacimiento fue anunciado por cien augures, y mi alumbramiento coincidió con un eclipse solar. Recibí lecciones de astrología, teología y ciencias, y pronto superé a mis maestros. Por mis venas corre sangre de sabios, guerreros y profetas.

Soy el Califa de este reino, y mi palabra es ley.

Hace diez meses heredé de mi padre el cetro y la esclavitud del reinado, y ya me enfrento a situaciones de crisis y sedición. Algunos resentidos aseguran que envenené a mi amado padre. Quizá – confieso- acierten los que dicen que murió de pena, desolado por las conclusiones a las que me habían llevado mis estudios y oraciones.

De mis padres herede y agradecí su sabiduría, sus enseñanzas, su amor por nuestro pueblo. Sin embargo, no pude aceptar su fe.

Rechazo, sí, sus dioses arrogantes, que nos ocultan lo que no nos creen capaces de manejar.

Visirtan ha venerado, durante siglos, a una diosa distante y desleal, una diosa-astro de brillo verde y oscuras intenciones. Se dice de Ishtar que vigila y protege. En realidad, encubre y esclaviza.

Soy Bashshar y quiero ser recordado como el liberador, el que rasgó la mentira.

El que salvó al auténtico Dios.

Las leyendas hablan -sin duda también vosotros las habéis oído- de que hace eones, el mismo cielo se agitó con una batalla que enfrentó a las fuerzas elementales a las que llamaríamos deidades. Los Dioses Primeros ganaron, y el Universo aún llora la derrota de los Titanes. Uno de estos seres cayó en la tierra, provocando temblores que agitaron el mundo por diez años. Los Dioses, temerosos de su despertar, lo quisieron ahogar bajo piedra y roca, y crearon a Ishtar, una diosa servil y traicionera, cuya única misión sería impedir que el Titán se levantase.

La que pretendieron que fuese su tumba es lo que hoy llamamos Visirtan. Ahora, tras milenios sometido por magia mezquina, el Titán comienza a despertar. Fue presagiado. Silas, el astro de lo mutable, de lo sujeto a variación, rasgará con su paso absoluto el conjuro de Ishtar, y el Titán se alzará.

Hay quien señala a Silas como el Dios del Caos. Yo lo considero el Dios del cambio, el dios de la oportunidad. No lo veneraré, no alzaré mis rezos por el, pero cuando su capricho -para algunos su locura- raje el cándido velo de Ishtar, yo estaré ahi para sacar provecho para mi pueblo. Seré recordado como el Sultan que abrió los ojos a su pueblo o no seré recordado en absoluto. Un hombre puede alzarse contra un dios injusto, del mismo mdo que un pueblo debe levantarse contra un rey tirano.

El Titán me ha hablado. Yo, como otros grandes hombres en el Califato, he tenido sueños, sueños clarificadores, en los que una criatura de poder infinito me ha hablado no de sus grilletes, sino de los nuestros. Me ha mostrado que nuestra religión es una cárcel autoimpuesta que nos impide crecer, que nos impide ser libres. Visirtan no alcanzará su potencial mientras su pueblo siga postrándose con sus vacías oraciones dirigidas al Este. Me ha enseñado verdades protegidas por la arena del desierto.

He visitado ciudades destruidas milenios antes de que nuestro bello idioma fuera apenas una jerga primitiva e imprecisa. Ciudades consagradas a la devoción al que dormía bajo sus piés. He recorrido catacumbas kilometricas en las que se esconden los secretos revelados y los textos antiguos que el Titán susurró al oído de adivinos abnegados. Me he arrodillado ante las tumbas nunca holladas de reyes olvidados que, como yo, supieron mirar a la Verdad a la cara. He conocido a razas nuevas, razas subterráneas y recelosas, que conocían esta verdad desde hace milenios. En catacumbas prohibidas, he escuchado sus leyendas, y sus juramentos de lealtad hacia mi.

Sí, Visirtan es un pueblo elegido, pero, ¿por quién? ¿por una diosa remota e indiferente o por un ser divino y ancestral, que ofrece su cuerpo como un lugar en el establecernos y prosperar, con sus ensenadas y promontorios acogedores y templados en los que asentar nuestras ciudades? El Titán, que nos considera sus hijos, llora cuando construimos en su sagrada piel templos y mezquitas -ahora lo veo- impías al auténtico Dios.

Ese tiempo de sombras se acaba. El hechizo se romperá. Un Titan que se levantará, con un doloroso, aunque justo, pago de almas. No todos quieren compartir la realidad que trabajo por mostrar a mi pueblo.

Un grupo de visirtanies, de falsos patriotas, un grupo de personas encabezadas por un autoproclamado héroe del pueblo, se han atrevido a alzar sus cimitarras, y sus voces procaces, contra mi, su legítimo gobernante. Gente apegada a las viejas mentiras, se enfrentan a mis hombres con determinación egoísta. Gritan en mercados y mezquitas en mi contra, y aseguran -ahí no mienten- que mi lealtad a la fe de Ishtar es sólo fingida, y que mi auténtico rostro sera pronto mostrado. Asaltan mis caravanas y se esconden entre las dunas antes de que mis hombres -leales y abiertos a los nuevos tiempos que nos aguardan- puedan hacerles frente. Me dicen que, en su osadía, han arrancado, en público lugar, la máscara a uno de mis soldados, para que el pueblo pueda ver los cambios profundos e irreversibles que esta nueva magia han grabado en sus rostros.

Pequeños problemas a los que sabré, con la ayuda de mis aliados y la guía del Dios al que he decidido venerar, hacer frente. Los huesos de traidores y reaccionarios se secarán bajo el sol y nadie repetirá sus mentiras.

Hablan de que Visirtan esconde y oprime a un Dios Ancestral. Pero Visirtan no es tumba ni presidio. Nuestro país no es ninguna cárcel para el titan. Nuestras ciudades prosperan en su piel, nuestras canteras se nutren de sus huesos. Construimos nuestros alcázares en sus falanges, sus dulces lágrimas alimentan nuestros oasis y es su aliento el viento que dibuja nuestras dunas. Él no es enemigo, Él es nuestra tierra. Y se aproxima el momento en el que este Dios desvanecido despierte y se alce y, acompañado por su pueblo querido, camine por mares y continentes.

La marcha victoriosa de un Dios.

Un Dios llamado Visirtán.

Share on Facebook0Tweet about this on Twitter0Share on Google+0Email this to someone

DEJA TU COMENTARIO