Llevas el dedo a la boca, pidiendo a tus compañeros paciencia y silencio, aunque notas que se revuelven incómodos. Los policías se están acabando su segundo cigarrillo cuando el resto de su grupo regresa.
-¿Todo bien, mi sargento?
-Sí, hemos oído a alguno corriendo por el vestíbulo pero bueno, ya le daremos doble ración de porra la próxima vez. Y dame un Ducados, que vengo fatigado, a ver si me abre los pulmones.
El gris le acerca el paquete y le ofrece fuego. La mala suerte hace que la chispa del mechero ilumine lo justo el hueco de la escalera como para haceros visibles a los policías, tan sorprendidos como vosotros. Amelia es la primera en levantar las manos.
-No hagáis nada- ordena-. No empeoremos las cosas.
Los grises os esposan mofándose de vosotros, y dejan las preguntas para comisaría. Confiáis en que vuestro contacto dé parte al Ministerio y que no tardéis en ser liberados, pero vuestra misión ha terminado con un sonoro fracaso.