Improvisas un par de pecadillos veniales para salir del paso, y recibes la condescendiente indulgencia del cura. Cuando más tonta te evidencias y más nimias finges que son tus preocupaciones, más satisfecho se muestra. Te duele fingirte bobalicona y servil, y más te duele que este tipejo -en parte, ejemplo de la España a la que pertenece- crea con tanta facilidad que por ser mujer lo eres. Sintiéndote sucia y pensando las ganas que tienes de desahogarte con alguna compañera del Ministerio, sales del confesionario, os despedís protocolariamente del sacerdote y os vais de la iglesia. No habéis conseguido nada de este lugar pero, al menos, no habéis puesto en peligro vuestros objetivos para esta misión. Sales con la cabeza gacha de la Iglesia.