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La leyenda de San Borondón

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San Borondón, la isla evanescente, es una de las más bellas y sugerentes leyendas de la tradición española. Se trata de una isla improbable del archipiélago canario, que pocas veces se ha visto y aún menos se ha llegado a pisar. Siempre lejana, cuando se muestra lo hace envuelta en nubes, lo que para unos, argumentan, es motivo para pensar que tal isla no existe y para otros, es justificación para que nunca haya sido encontrada.

Su ubicación, nunca confirmada del todo, la sitúa a 550 kilómetros al oeste-noroeste del Hierro y a 220 kilómetros oeste-sudoeste de La Palma, y mediría 480 kilómetros cuadrados. Tan precisas mediciones las dio Leonardo Torriani, ingeniero encargado por la Corona la tarea de fortificar las Islas Canarias, el que dio tales indicaciones, e incluso elaboró un mapa atendiendo a los testimonios de los marinos que la habían visto, o incluso pisado. San Borondón permaneció en un limbo legal durante siglos y, aunque no había pruebas irrefutables de su existencia, se incluyó en los acuerdos en los que España y Portugal se dividían el mundo a principios de la edad Moderna.

Si bien la posición de San Borondón varió, no siempre localizándose en el mismo lugar, su perfil sí es siempre reconocible. Los testigos hablaban de una isla pequeña con dos importantes elevaciones (Fray Bartolomé Casanova aseguró que ambas eran más altas que el propio Teide), y con un profundo barrando cubierto de vegetación que las separaba. Un arroyo recorre la isla, rodeada de cañaverales. También se habla de dócil ganado vacuno, quizá salvaje, algunas gallinas y de cabras y ovejas huidizas como fauna principal. Un grupo de los navegantes que pudieron pisar San Borondón aseguró que, en la fina arena de la playa, distinguieron unas pisadas del doble del tamaño humano normal.

La Isla Inaccesible, o la Encantada, algunos de los nombres que también ha recibido esta isla incierta, recibe el nombre de San Borondón de su primer explorador conocido, San Brandán de Clonfert, un audaz evangelizador irlandés que, dicen, recaló en sus playas. En su estancia en la mágica isla, San Brandán descubriría que se encontraba en el lomo descubierto de un gigantesco pez, sobre el que había crecido vegetación. El mismo Jesús desvelaría al irlandés que la isla no era sino el pez más antiguo que nadó por los océanos.

Isla real o etérea, la leyenda añadió el detalle de que la arena de sus calas se mezclaba con finos granos de oro. La niebla que siempre parece envolverla la elevó a la categoría de mágica.

Son muchos los marineros y exploradores que aseguraban haber visto su silueta en el océano o haber pisado sus tierras vírgenes. En 1560, unos navegantes franceses recalaron en San Borondón después de perder su palo mayor. Allí construyeron uno nuevo y, al razonar que se encontraban en la isla del santo, dejaron una carta, algunas monedas de plata y una cruz, que quizá aún siga allí. En 1570, Hernan Pérez de Grado aseguró haber estado allí, y haber perdido a tres de sus hombres en ella. Similar historia cuenta Pedro Vello, piloto portugués, en fechas similares. En 1604 la expedición de Gaspar Pérez de Acosta intenta recalar en ella, pero sólo halla una acumulación de nubes en su horizonte. El propio Cristóbal Colón escribe en sus diarios que conoció a un hombre que aseguraba haber encontrado San Borondón… Nunca olvidada completamente, la isla de San Borondón ha permanecido imbricada en la cultura canaria, y testimonios de su avistamiento se han dado incluso bien entrado el siglo XX.

Un punto añadido, a parte de su evidente componente mágico, que hace idónea la presencia de San Borondón en la nuestra crónica ficticia de Magallanes es que, en el viaje auténtico, los expedicionarios llamaron a una bahía en Argentina la bahía de Sanborombón, pues pensaban que esa oquedad en el continente se había formado por el desprendimiento del pedazo de tierra que luego sería el propio San Borondón

 

Es esta la leyenda en la que se inspira “La Octava Isla”, el primer capítulo de la saga Primus Circumdedisti Me. El resultado de la historia nos quedó bien en la mesa de juego, con su punto de acción y aventura y comicidad. Recuerdo que a los jugadores les gustaron los enemigos (en particular Modesto Piloso) que, en lugar de ser pretenciosos, duros o arrogantes, como los de las mayorías de los juegos de rol, dan lo que Alex de la Iglesia llama “ascopena”. También resultó bien la pequeña “sorpresa final” y, al ser una aventura que se puede resolver fácilmente en una sesión, quedó bien como inicio de crónica. ¿Habéis tenido oportunidad de leer “La Octava Isla”?¿Qué os ha parecido esta revisita a la misteriosa isla de San Borondón?

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