Intentáis esconderos tras una choza destartalada, pero la guardia civil está advertida de la presencia de unas personas sospechosas en las calles de Irún, y no desatienden la visión de tres figuras furtivas.

-¡Alto!- apuntan a Amelia y a Julián. Alonso, experto en este tipo de enfrentamientos, ha tenido tiempo para encontrar un recoveco desde el que emboscar a la pareja. Se hace con el rifle de uno y lo apunta al aire. El arma se dispara y el metal ardiente quema al tercio las manos, pero no lo suelta y no tarda en hacerse con la situacion, apoderándose del fusil y lanzando al guardia contra su compañero. Apunta a vuestros perseguidores que, en el suelo, no pueden sino ponerse de rodillas y levantar las manos. Julián, con presteza, les ata las manos y les amordaza.

-Debemos irnos a Madrid.- dice Amelia. Sus compañeros la miran, entendiendo a qué se refiere-. Ya sabían que estábamos aquí. Ahora se ha oido un disparo, la ciudad no tardará en estar en estado de alerta total.

-Es cierto- coincide Julián-. Es imposible que alcancemos la Isla de los Faisanes tal como se han puesto las cosas. Aunque se hayan bloqueado muchas puertas, en Madrid es donde más accesos conocemos; si entramos por alguna, llegaremos a otra época donde podremos ponernos en contacto con el Ministerio.

Alonso asiente a disgusto. No le place la idea de ceder ni un palmo de terreno, pero entiende que es vuestra única posibilidad. En silencio, os giráis y partís hacia el sur. Os queda mucho que recorrer y no poco por vivir, pero no dejaréis que os atrapen tan fácilmente.

FIN