ANTES DE TIEMPO

Oís disparos, gritos y protestas. Cristales rotos, llantos y cascos de caballos.

-Creo que sé cuándo estamos- aventura Amelia-, y preferiría estar en cualquier otro momento y lugar.

-Quedaos detrás de mi- Alonso acaricia su pistola, esperando no tener que llegar a utilizarla.

-¿Qué sucede, Amelia?- le pregunta el enfermero, que empuja a sus compañeros tras una esquina para evitar que los guardias civiles a caballo les vean.

-Si no me equivoco, estamos en 1909- para sus compañeros eso no aclara nada-. En la que se llamó Semana Trágica de Barcelona.

-¿Qué locura se ha desatado en la ciudad?- le insiste Alonso. Su mentalidad respetuosa con la autoridad no entiende nada. Muchos barceloneses de aspecto humilde se reunen en las encrucijadas de las calles, cargando armas improvisadas y encarándose contra las fuerzas de la ley.

-Que vagin a la guerra els fills dels rics!

-O tots o cap!!

Vuelan en todas las direcciones piedras y balas. Veis cómo se han levantado barricadas y se han volcado tranvías. Encontráis un escondite perfecto en un callejón oscuro.

-En 1909, el gobierno de Antonio Maura movilizó a los reservistas para enviar tropas a lo que quedaba de las colonias en Marruecos- expone Amelia-. En Barcelona, muchos padres de familia, los que sustentaban a los hogares más humildes, se vieron obligados a dejar a sus mujeres e hijos e ir a luchar a África. Los pobres, por supuesto, pues un pago de 1500 pesetas eximía a los pudientes de ir al frente. Las mujeres de los reclutados forzosos, y luego toda la población civil, se levantaron contra la autoridad. La participación de los anarquistas dirigió las acciones de la turba contra la institución eclesiástica, a la que se acusaba de privilegiada, de apoyar el injusto poder establecido y de perpetuar el status quo.

-¿Se levantaron contra el rey y contra la Iglesia?- reguñe Alonso-. No es esa la España por la que he luchado toda mi vida.

-Lo que está ocurriendo estos días en Barcelona, y en gran parte de Cataluña es injustificable- admite Amelia, sinceramente consternada por lo que ve a su alrededor-, pero la pobreza y la actitud de un Gobierno injusto e indiferente, han hecho mucha mella en las clases más humildes. Se asaltaron iglesias y conventos, pero en gran medida se respetó a los clérigos. Por desgracia, la represión será brutal, y queda por derramarse mucha sangre por ambos bandos.

En pocas misiones han visto Julián y Alonso a Amelia tan consternada. No es para menos, esta es su ciudad, es su gente la que sufre y son las calles que conoce las que arden. Además, lo que están presenciando está sólo unas décadas por delante del año del que ella procede, y no es imposible que sus padres aún vivan. O incluso ella podría encontrarse en estas calles. Con un empuje que casi raya lo imprudente, Amelia sale de vuestro escondite y agarra las hojas de un periódico que son arrastradas por el viento.

-28 de Julio de 1909- lee-. Puede que sea suficiente.

-Tal vez no sea la prensa de hoy.- siente decir Alonso.

-Cierto, pero la ciudad es un polvorín- recuerda Amelia-. Podemos volver en una semana, cuando todo acabe, y precisar más la fecha exacta. Estoy segura de que Ernesto y Salvador lo entenderán perfectamente.

-Estoy de acuerdo- coincide Julián con todo severo-. Vayámonos de aquí antes de que todo empeore.

-Que me place.- consiente Alonso de Entrerríos, contento con la decisión tomada. Retornáis a las calles principales a toda prisa, agachándoos cada vez que oís un disparo y escondiéndoos cada vez que un grito anuncia una carga. Llegáis al carrer de la Boqueira, a tan solo un par de calles de la puerta del tiempo, y veis a un grupo de obreros reunidos, portando barras, porras e incluso cuchillos y navajas. Se reúnen en torno a un hombre de unos cincuenta años, de cierta elegancia en su porte e indiscutible halo de carisma. Se dirige a los exaltados, con los gestos y ademanes del que está acostumbrado a hablar al público y convencer. No sois capaces de distinguir si les arenga y les enciende, o si está llamando a la calma y al sosiego, pero la reunión acaba cuando unos guardias a caballo entran a trote en la calle dispuestos a disolverla. La gente huye en vuestra dirección y, pillados por sorpresa, no sois capaces de apartaros con la suficiente premura. El distinguido caballero que hablaba a la multitud choca contigo, y casi te hace caer. Se agacha a recoger algo del suelo y, sin solución de continuidad, se aleja a la carrera cuando los agentes a caballo embisten a la turba y se oyen gritos y ruegos de los golpeados y los pisoteados bajo los cascos de los caballos. Tus compañeros te arrastran a un soportal y os escondéis hasta que todo pasa.

-Este es el momento, corramos y regresemos a 2016.

-¡Esperad!- no das crédito. Buscas en tus bolsillos, jurarías que estaba allí hace un momento-. He perdido mi móvil.

-Busca bien.- te apremian. Nada.

-¿Tienes la seguridad de que lo has traído?

-Sí. Hasta hace un momento lo tenía- atas cabos-. Se me ha tenido que caer cuando me han empujado.

Regresáis a la calle donde os cruzasteis con la multitud. No queda nadie y podéis buscar sin que os molesten. No tenéis suerte.

-Puede que lo perdieses antes. Piensa.

La situación es ciertamente comprometida. Un objeto tecnológico tan avanzado un siglo antes de tiempo supondría un peligro inimaginable para la preservación de la Historia; ¿cuántos años se adelantarían muchos descubrimientos técnicos si fuera analizado por personas expertas? Incluso alguien particularmente intuitivo seria capaz de desvelar su funcionamiento y acceder al basto conocimiento de Internet, ¿qué repercusión tendría eso en los acontecimientos del convulso siglo XX? Intentas mantener la calma y te tomas unos segundos para recapacitar.

-¡Me choqué con el hombre que estaba dando la proclama!- recuerdas-. Él se agachó para coger algo. Supuse que se le había caído algo, ¡pero puede que se me cayese a mi, y que quisiera devolvérmelo! Con la carga, no tardamos en perdernos de vista.