Deseando con todo tu corazón estar en lo cierto bajas los plomos. Las luces del almacen y las del exterior se apagan de repente y oyes gritos nerviosos, carreras y órdenes en inglés. Comprendes que los soldados acudirán a ver qué ha ocurrido, pero te aseguras de no estar allí cuando eso ocurra. Te escondes tras una esquina y respiras con alivio cuando ves que la sala de control sigue iluminada, seguramente alimentada por su propio generador. Otra buena noticia es reconocer al marine que vigilaba la antena acudiendo con sus compañeros a comprobar el generador. Sabes ver la ocasión que se te plantea y corres hacia la antena.