Odias dejar a esos buenos chavales a su suerte, pero admites que tienen razón. El peligro de manteneros juntos es más alto que la ayuda que os podéis ofrecer. Organizáis grupos más pequeños -el vuestro, por supuesto, está formado exclusivamente por vosotros tres- y salís escalonadamente de la sala de estudios. Os despedís, deseando, interiormente, que estos chavales disfruten en unos años la libertad por la que tanto están luchando ahora.