No crees que exista otra posibilidad que usar el subterfugio en esta situación. Fuerzas una pose de compostura y esperas a los policías.
-Agentes- dices, con tu habitual tono sereno-, me alegro que hayan recuperado el control del campus. Soy docente de filosofía política, y temía verme arrastrada por esos insurgentes. Por lo que veo, y gracias a ustedes, vuelve la tranquilidad a esta universidad.
Los grises de miran.
-Pero, chica, ¿qué edad tienes?
-Tan joven y mujer, ¿vas a ser tú profesora?
Te recorre un escalofrío. Esta aún no es la España en la que alguien como tú pueda dar clases en una universidad.
-Te vamos a detener, por roja tú y por rojo tu padre, que te tenga estudiando en lugar de buscarte un marido- dice uno mientras saca sus esposas.
-Eso sí- añade el otro, condescendiente-, de recibir dos hostias te libras. Ya se las daremos a algún compañero tuyo.

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