Te acercas al guardia y entablas una conversación distendida que el guardia agradece. Al parecer el chico lleva solo unos meses en la marina y la aventura de conocer nuevos países y la emoción de defender a su país en la Guerra Fría es perfectamente compatible con el tedio de las largas jornadas de vigilancia y las decepciones como la de no poder seguir el aterrizaje del Apolo 11 a pesar de encontrarse en una de las antenas que hacen posible que mil millones de personas lo vean en directo. Mientras hablas con él ves que tiene un manojo de llaves en su mesa, a pocos centímetros de donde tú te apoyas. Hacerte con ellas sería de gran ayuda, pero, si se diera cuenta de tus intenciones, acabarías tu misión en una celda norteamericana dentro de tu propio país.
Te arriesgas a hacerte con las llaves
Vuelves por donde has venido y buscas otra estrategia para acceder a la antena