El gesto de Julián al gritarse “corten” no sería de menor alegría si acabara de recibir un Oscar de la Academia. Amelia les felicita por su actuación con poca convicción, todo sea dicho. Las principales escenas del día en la prisión unionista ya se ha rodado, y se acercan camiones para recoger el equipo y trasladarlo a otro lugar del valle del Arlanza.
-La escena de la explosión del puente.- explica Amelia. Julián se quita su chaqueta de soldado yanqui.
-La tercera vez que se rueda. Esperemos que todo vaya bien.
Alonso da un trago a una cantimplora y señala con la barbilla al capitán Camorlinga.
-No me gusta ese hijo del diablo- sentencia-. Un buen capitán no necesita tratar así a sus hombres para ganarse su respeto.
En efecto, el oficial grita, abronca y amenaza a uno de sus soldados. Éste, estoico, no se amedrenta y recibe el temporal en silencio con la cabeza bien alta. Cuando el capitán considera haber dado suficientes gritos, se acerca a otro par de reclutas y les da instrucciones para que carguen un Land Rover. El soldado que recibió el rapapolvo, disciplinado, mantiene la posición de firmes.
-Me pregunto de qué habrán hablado.- dices. Pero quizá tu curiosidad no tenga que ser satisfecha.
-Aunque tal vez deberíamos irnos- admite Amelia-. No hemos visto nada sospechoso, y tenemos una responsabilidad con el Ministerio.
-No perderemos demasiado tiempo si curioseamos un poco más- opina Alonso-. Tengo un oscuro presentimiento.
-Y la escena del puente es la más sensible de la película- recuerda Julián-, ¿por qué no ir a asegurarnos de que todo va bien?